Dios le pague por el aporte...
Una cicatriz de ocho puntos en mi rostro me recuerda que antes de cruzar la calle tengo que fijarme bien hacia los dos lados.
Cuando sucedió tenía menos de cinco años, exactamente no sé, lo que sí recuerdo es que apenas había ingresado al jardín de infantes, al que tuve que faltar por varios días después del accidente.
Esa tarde jugaba con mi hermano a las “congeladas” frente a mi casa. Él tenía que alcanzarme y tocarme para congelarme, y yo, obviamente, correr lo más rápido posible para evitar que lo haga. De pronto, mi hermano gritó: “cuidado con el carro”.
Yo me paré y a penas lo vi pasar arranqué nuevamente a correr, de lo que no me di cuenta es que atrás venía otro carro, un taxi que ya tenía sus años y contra el cual
me impacté.
Mi madre, que supuestamente estaba vigilándonos desde su taller de costura –en el que hasta hoy trabaja-, cuenta que mi hermano entró asustado y le contó lo que había sucedido. Ella salió corriendo y me encontró tirada en la calle con el rostro lleno de sangre. El mismo taxi que me arrolló nos llevó al hospital, en donde los médicos, después de una limpieza con agua oxigenada, alcohol y una revisión exhaustiva, únicamente encontraron al lado de mi nariz una herida producida por una lata suelta. A falta del hilo adecuado, hicieron la sutura con uno mucho más grueso, por lo que quedó una cicatriz que muchas veces, sobre todo en la adolescencia, me pareció más grande de lo que es en realidad.
Anónimo
domingo, 22 de junio de 2008
miércoles, 4 de junio de 2008
El duende
Otro recuerdo, otro aliento, gracias... Ghea. Mil besos...
Tantos recuerdos, que se avalanchan a mi memoria, secretos que invitan a ser descubiertos que me acompañaran por siempre como un fiel compañero mostrándome todos sus encantos…
Uno de ellos tal vez uno de los más extraños que me han pasado, aquel que confirmo en mi vida la existencia de aquellos seres que se los conoce a través de leyendas… pues yo viví una de las más conocidas…
Yo vivía en mi niñez, en un pueblo uno de los más tranquilos que ha existido, creado con una mezcla exacta de misticismo, misterio y libertad, en aquellos que uno cree que todo puede pasar en un solo día y al otro día todo vuelve a su cauce. Conocido como un paraíso cercano al cielo, pero a mi parecer es la fusión del cielo y el infierno.
Recuerdo que todas las tardes nos reuníamos todos los niños del barrio, una jorga impresionante, de todas las edades solo con el único fin común de la aventura, así recorrimos acequias, páramos, ríos… descubrí que podía subir montañas con una facilidad increíble…
Una de esas tardes decidimos irnos al río cercano a un lugar conocido como el Puente Ayora , a tres kilómetros del pueblo, no había nada de extraño aquel recorrido lo hacíamos casi 1 vez por semana, ahora la diferencia es solo que fuimos 5 niñas, mis primas, mi hermana y Bobby , mi fiel compañero y un excelente guía de excursión.
Caminamos por el sendero hasta que decidimos abrirnos paso por la maleza para explorar según nosotras, cuando de pronto Bobby salio disparado sin rumbo como si seguía alguien, supusimos que vio un conejo y quería cazar , me aventure a seguirlo… Por unos minutos no se escucho nada solo mi voz diciendo su nombre para que volviera a mi , en ese momento invadió en mis sentidos el movimiento de las ramas , …Bobby? Alcance a decir suavemente cuando de pronto salió mi perrito asustado llorando tiritando, mojado, supuse que se cayo alguna acequia, y quise ver que paso, me abrí paso entre las ramas cuando de pronto vi una especie de niño meterse apresurado entre la vegetación, alcance a ver su sombrero negro empolvado, viejo, su espalda pequeña, no puedo describirlo exactamente solo recuerdo su movimientos rápidos para esconderse, me quede inmovilizada… mi cuerpo no respondió al miedo que me obligaba a salir corriendo, la mezcla de sorpresa, incertidumbre , terror… me quede quieta… durante unos segundos que me parecieron eternos…
Hasta que mi prima, grito ¡el duende, el duende… negra habla … habla …
Solo veía su rostro asustado frente al mío ni siquiera sentía la fuerza con la me sacudía, hasta que poco a poco fui recuperando mis movimientos…y solo atine a llorar con desesperación y salir corriendo de allí…
No quisimos contarlo, iba a ser nuestro secreto… pero poco a poco cada una fue contándolo a su manera … y dejo de ser un secreto y convertirse en un relato, fue una de las experiencias más locas de mi vida y ahora la comparto con Uds. No es fantasía … yo lo viví.
Ah … y se preguntarán que paso con Bobby .. pues no se recuperó, no comía, se enfermo… murió después de una semana…
Y desde ese momento no he ido para allá… quien sabe ... capaz que aquel personaje sigue rondando por ahí…esperándome.
Ghea
Tantos recuerdos, que se avalanchan a mi memoria, secretos que invitan a ser descubiertos que me acompañaran por siempre como un fiel compañero mostrándome todos sus encantos…
Uno de ellos tal vez uno de los más extraños que me han pasado, aquel que confirmo en mi vida la existencia de aquellos seres que se los conoce a través de leyendas… pues yo viví una de las más conocidas…
Yo vivía en mi niñez, en un pueblo uno de los más tranquilos que ha existido, creado con una mezcla exacta de misticismo, misterio y libertad, en aquellos que uno cree que todo puede pasar en un solo día y al otro día todo vuelve a su cauce. Conocido como un paraíso cercano al cielo, pero a mi parecer es la fusión del cielo y el infierno.
Recuerdo que todas las tardes nos reuníamos todos los niños del barrio, una jorga impresionante, de todas las edades solo con el único fin común de la aventura, así recorrimos acequias, páramos, ríos… descubrí que podía subir montañas con una facilidad increíble…
Una de esas tardes decidimos irnos al río cercano a un lugar conocido como el Puente Ayora , a tres kilómetros del pueblo, no había nada de extraño aquel recorrido lo hacíamos casi 1 vez por semana, ahora la diferencia es solo que fuimos 5 niñas, mis primas, mi hermana y Bobby , mi fiel compañero y un excelente guía de excursión.
Caminamos por el sendero hasta que decidimos abrirnos paso por la maleza para explorar según nosotras, cuando de pronto Bobby salio disparado sin rumbo como si seguía alguien, supusimos que vio un conejo y quería cazar , me aventure a seguirlo… Por unos minutos no se escucho nada solo mi voz diciendo su nombre para que volviera a mi , en ese momento invadió en mis sentidos el movimiento de las ramas , …Bobby? Alcance a decir suavemente cuando de pronto salió mi perrito asustado llorando tiritando, mojado, supuse que se cayo alguna acequia, y quise ver que paso, me abrí paso entre las ramas cuando de pronto vi una especie de niño meterse apresurado entre la vegetación, alcance a ver su sombrero negro empolvado, viejo, su espalda pequeña, no puedo describirlo exactamente solo recuerdo su movimientos rápidos para esconderse, me quede inmovilizada… mi cuerpo no respondió al miedo que me obligaba a salir corriendo, la mezcla de sorpresa, incertidumbre , terror… me quede quieta… durante unos segundos que me parecieron eternos…
Hasta que mi prima, grito ¡el duende, el duende… negra habla … habla …
Solo veía su rostro asustado frente al mío ni siquiera sentía la fuerza con la me sacudía, hasta que poco a poco fui recuperando mis movimientos…y solo atine a llorar con desesperación y salir corriendo de allí…
No quisimos contarlo, iba a ser nuestro secreto… pero poco a poco cada una fue contándolo a su manera … y dejo de ser un secreto y convertirse en un relato, fue una de las experiencias más locas de mi vida y ahora la comparto con Uds. No es fantasía … yo lo viví.
Ah … y se preguntarán que paso con Bobby .. pues no se recuperó, no comía, se enfermo… murió después de una semana…
Y desde ese momento no he ido para allá… quien sabe ... capaz que aquel personaje sigue rondando por ahí…esperándome.
Ghea
martes, 13 de mayo de 2008
"Ojala que los hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan"...
Como la música puede cambiar vidas. Otro aporte, gracias y abrazos...
Una mañana me despertó esa melódica frase con una guitarra que me parecía unos cristales rompiéndose suavemente. Yo dormía en la cama de mi hermano, él creció con los últimos vestigios de las revoluciones comunistas y le gustaba escuchar música "protesta" en la mañana en una radio marca International color rojo con una sola casetera, el botón de retroceso no servía, así que era necesario "voltearle" y adelantarle para escuchar algo que ya había pasado. Desde luego Ojalá era la primera canción del lado A, y era propicio comenzar ese Lunes de Escuela con la voz del cubano que en ese momento me pareció mágico -aunque no supe bien quien era si no hasta luego de un par de años-... en fin, me imaginaba como las hojas caían a un cuerpo de una mujer desde arriba; logré imaginar un disparo de nieve con un rifle largo para que aguante las balas de nieve (según yo); imaginé el camino cansado, sólo tengo la imagen en mi mente pero no se como explicarla; pude imaginar la Luna saliendo sin mi; imaginé difuntos, que sueño interesante rondaba mi memoria que imagine la luz cegadora que seguramente salía del disparo de nieve... "Tocarte ni en canciones"... mmm, sólo recuerdo que lo tomé muy literal; al final recuerdo unos aplausos (supongo que era en concierto) y el fin de una canción hechizada que me llevó a expandir mi mente hacia algún horizonte que ni siquiera sabía que existía.
Claro, ahora que soy "grande" intento tomar las canciones profundas siempre desde el lado poético, como para encontrar esa belleza subjetiva que la poesía y la música esconden, aparentan y alardean (todo al mismo tiempo)... Sin embargo, el verdadero recuerdo que quiero compartir es el sublime hecho de ser niño e imaginar... incluso más allá del arte... más allá de la conciencia y las razones... más allá de las estrellas... más allá de esto que estás leyendo…
Otaner
Una mañana me despertó esa melódica frase con una guitarra que me parecía unos cristales rompiéndose suavemente. Yo dormía en la cama de mi hermano, él creció con los últimos vestigios de las revoluciones comunistas y le gustaba escuchar música "protesta" en la mañana en una radio marca International color rojo con una sola casetera, el botón de retroceso no servía, así que era necesario "voltearle" y adelantarle para escuchar algo que ya había pasado. Desde luego Ojalá era la primera canción del lado A, y era propicio comenzar ese Lunes de Escuela con la voz del cubano que en ese momento me pareció mágico -aunque no supe bien quien era si no hasta luego de un par de años-... en fin, me imaginaba como las hojas caían a un cuerpo de una mujer desde arriba; logré imaginar un disparo de nieve con un rifle largo para que aguante las balas de nieve (según yo); imaginé el camino cansado, sólo tengo la imagen en mi mente pero no se como explicarla; pude imaginar la Luna saliendo sin mi; imaginé difuntos, que sueño interesante rondaba mi memoria que imagine la luz cegadora que seguramente salía del disparo de nieve... "Tocarte ni en canciones"... mmm, sólo recuerdo que lo tomé muy literal; al final recuerdo unos aplausos (supongo que era en concierto) y el fin de una canción hechizada que me llevó a expandir mi mente hacia algún horizonte que ni siquiera sabía que existía.
Claro, ahora que soy "grande" intento tomar las canciones profundas siempre desde el lado poético, como para encontrar esa belleza subjetiva que la poesía y la música esconden, aparentan y alardean (todo al mismo tiempo)... Sin embargo, el verdadero recuerdo que quiero compartir es el sublime hecho de ser niño e imaginar... incluso más allá del arte... más allá de la conciencia y las razones... más allá de las estrellas... más allá de esto que estás leyendo…
Otaner
domingo, 4 de mayo de 2008
Ya no hay nada qué hacer
El segundo aporte, esta vez, anónimo. Léanlo. ¿No se les antoja comentar, después de tanta maravilla?
Mil abrazos, mil gracias...
Llorando regresé a casa y le conté a mi madre lo que me acababa de suceder. Una muchacha me había amenazado con un cuchillo en el paradero del bus, obligándome a que le entregara el dinero que tenía para ir a la escuela. Mi madre me tomó de la mano y salimos caminando de prisa hacia la casa de Oscar Rocafuerte, el policía del barrio. Tan pronto él se enteró de lo sucedido, sacó su motocicleta, la encendió y con una seña me indicó que me subiera. “¿Por dónde se fue?”, me preguntó. Yo le señalé el camino que había tomado la muchacha. Oscar aceleró con dirección a las afueras del barrio. Luego ingresamos a baja velocidad por un estrecho callejón formado por casas de cartón. En cierto punto detuvo la motocicleta y ambos nos bajamos. Él empezó a abrir las puertas a patadas. Adentro yo veía cómo las mujeres se lanzaban asustadas sobre sus hijos para protegerlos. Hasta que pateó una puerta y vi a la muchacha que me había robado. Estaba sentada sobre un colchón donde descansaba un bebé. “¿Es ella?”, me preguntó Oscar. Sí, le contesté. Entonces Oscar se le acercó y le estalló un puñetazo en el rostro. La muchacha empezó a llorar y a rogar que no le hiciera nada, que no la fuera a matar. “La plata”, gritó Oscar. Ella metió la mano debajo de la almohada y nos mostró varios medicamentos. “Me la gasté, es que mi hijo está muy enfermo”, dijo. Entonces Oscar tomó fuerzas y le estrelló otro puñetazo en la cara, dejándole los dientes bañados en sangre. “Vamos”, me dijo, “ya no hay nada qué hacer”.
Anónimo
Mil abrazos, mil gracias...
Llorando regresé a casa y le conté a mi madre lo que me acababa de suceder. Una muchacha me había amenazado con un cuchillo en el paradero del bus, obligándome a que le entregara el dinero que tenía para ir a la escuela. Mi madre me tomó de la mano y salimos caminando de prisa hacia la casa de Oscar Rocafuerte, el policía del barrio. Tan pronto él se enteró de lo sucedido, sacó su motocicleta, la encendió y con una seña me indicó que me subiera. “¿Por dónde se fue?”, me preguntó. Yo le señalé el camino que había tomado la muchacha. Oscar aceleró con dirección a las afueras del barrio. Luego ingresamos a baja velocidad por un estrecho callejón formado por casas de cartón. En cierto punto detuvo la motocicleta y ambos nos bajamos. Él empezó a abrir las puertas a patadas. Adentro yo veía cómo las mujeres se lanzaban asustadas sobre sus hijos para protegerlos. Hasta que pateó una puerta y vi a la muchacha que me había robado. Estaba sentada sobre un colchón donde descansaba un bebé. “¿Es ella?”, me preguntó Oscar. Sí, le contesté. Entonces Oscar se le acercó y le estalló un puñetazo en el rostro. La muchacha empezó a llorar y a rogar que no le hiciera nada, que no la fuera a matar. “La plata”, gritó Oscar. Ella metió la mano debajo de la almohada y nos mostró varios medicamentos. “Me la gasté, es que mi hijo está muy enfermo”, dijo. Entonces Oscar tomó fuerzas y le estrelló otro puñetazo en la cara, dejándole los dientes bañados en sangre. “Vamos”, me dijo, “ya no hay nada qué hacer”.
Anónimo
jueves, 1 de mayo de 2008
El beso que te di
El primer aporte... Como diría Lester Burnham... Espectacular... Gracias Emiliamon... Mil abrazos...
La felicidad es un sentir inherentemente compañero de la tristeza. No sé por qué, pero para mí los mejores recuerdos de la niñez, son también aquellos que me llenan de una nostalgia ambigua. Por momentos me siento en esos recuerdos y me parece volverlos a vivir, como si fuera este preciso momento o como si apenas fueran un episodio del día de ayer, mientras que a ratos son como si nunca hubieran existido. Entonces despierto de aquel encanto pueril y caigo en un abismo infinito de pena, probablemente como el resultado de darme cuenta de que la vida es un suspiro y temer por que mi existencia sea ser sólo para el naufragio. Díganme ustedes: ¿no les pasa lo mismo? Es tan extraña esta sensación, es casi inefable. ¿Será acaso lo que los brasileños llaman Saudade?
En fin, mi recuerdo temprano es verdaderamente simple para los ojos de cualquiera, pero en definitiva siento que es importante y por eso he decido contárselos. No creo en que haya algo que sea totalmente absoluto, por lo tanto no creo que en mi infancia haya sido completamente feliz ni tampoco completamente triste. Lo único que puedo afirmar es que mi vida era normal en lo posible. Mi padre llegaba algo tarde y mi madre trabajaba hasta bien entrada la noche en un salón de belleza, así que con mis hermanos pasábamos mucho tiempo al cuidado de alguna empleada que hacía las veces de niñera. Pero algunos sábados de tarde mi padre se quedaba con nosotros. Recuerdo particularmente uno de esos sábados... Llovía a cántaros (como solo suele pasar aquí en Quito), habían truenos, rayos, hacía mucho frío. Papá entró al estudio, tomó entre sus manos uno de aquellos discos de acetato y lo puso a sonar a todo volumen. Era música protesta, un disco recopilatorio de los mejores éxitos de un dúo uruguayo llamado “Los Olimareños”, sonaba una canción llamada “El beso que te di”, cuyos sonidos se mezclaban en aquel momento con el sonido de la lluvia y el tronar de los rayos.
“Ni las estrellas que alumbran el mes de Abril tienen los finos destellos de tu mirar, ni se pueden comparar con tu risa juvenil los pétalos del rosal. No puedo vivir sin ti, te juré quererte con devoción, te besé y aquel beso que te di, se quedó clavado en mi corazón” jamás olvidaré aquellos versos, tan cursis, tan desinteresados, tan simples y tan bellos, probablemente son estos versos los culpables de que yo crea en amores imposibles, donde se entrega todo sin esperar factura ni cambio, de que yo crea en amores perennes, en pasiones que llevan a la locura. No lo sé, sólo sé que me transportan fuera de este mundo y necesitaba decirlo y lo he hecho. Gracias por leerme, y que siga adelante el blog!!!
Emiliamon
La felicidad es un sentir inherentemente compañero de la tristeza. No sé por qué, pero para mí los mejores recuerdos de la niñez, son también aquellos que me llenan de una nostalgia ambigua. Por momentos me siento en esos recuerdos y me parece volverlos a vivir, como si fuera este preciso momento o como si apenas fueran un episodio del día de ayer, mientras que a ratos son como si nunca hubieran existido. Entonces despierto de aquel encanto pueril y caigo en un abismo infinito de pena, probablemente como el resultado de darme cuenta de que la vida es un suspiro y temer por que mi existencia sea ser sólo para el naufragio. Díganme ustedes: ¿no les pasa lo mismo? Es tan extraña esta sensación, es casi inefable. ¿Será acaso lo que los brasileños llaman Saudade?
En fin, mi recuerdo temprano es verdaderamente simple para los ojos de cualquiera, pero en definitiva siento que es importante y por eso he decido contárselos. No creo en que haya algo que sea totalmente absoluto, por lo tanto no creo que en mi infancia haya sido completamente feliz ni tampoco completamente triste. Lo único que puedo afirmar es que mi vida era normal en lo posible. Mi padre llegaba algo tarde y mi madre trabajaba hasta bien entrada la noche en un salón de belleza, así que con mis hermanos pasábamos mucho tiempo al cuidado de alguna empleada que hacía las veces de niñera. Pero algunos sábados de tarde mi padre se quedaba con nosotros. Recuerdo particularmente uno de esos sábados... Llovía a cántaros (como solo suele pasar aquí en Quito), habían truenos, rayos, hacía mucho frío. Papá entró al estudio, tomó entre sus manos uno de aquellos discos de acetato y lo puso a sonar a todo volumen. Era música protesta, un disco recopilatorio de los mejores éxitos de un dúo uruguayo llamado “Los Olimareños”, sonaba una canción llamada “El beso que te di”, cuyos sonidos se mezclaban en aquel momento con el sonido de la lluvia y el tronar de los rayos.
“Ni las estrellas que alumbran el mes de Abril tienen los finos destellos de tu mirar, ni se pueden comparar con tu risa juvenil los pétalos del rosal. No puedo vivir sin ti, te juré quererte con devoción, te besé y aquel beso que te di, se quedó clavado en mi corazón” jamás olvidaré aquellos versos, tan cursis, tan desinteresados, tan simples y tan bellos, probablemente son estos versos los culpables de que yo crea en amores imposibles, donde se entrega todo sin esperar factura ni cambio, de que yo crea en amores perennes, en pasiones que llevan a la locura. No lo sé, sólo sé que me transportan fuera de este mundo y necesitaba decirlo y lo he hecho. Gracias por leerme, y que siga adelante el blog!!!
Emiliamon
miércoles, 30 de abril de 2008
El primer beso
He cambiado los nombres originales, por si las moscas...
La familia de parte de mi mamá tiene muchos encantos, estoy seguro que a ella y a su sangre les debo la música que corre por mí. Les debo también, entre otras cosas más, mi primer beso, al menos el primero que recuerdo.
La familia de mi mamá es de Riobamba. Nosotros vivíamos en una casa en el centro de Quito. Ellos constantemente venían de visita, en esta ocasión me ocuparé de dos primas, una, la más especial, la más querida, Tania, la otra Caro.
Siempre tuvimos una relación extraña entre primos, por ejemplo, Tania, 4 años mayor que yo solía besarse con alguno que otro primo. Una noche, estábamos todos en el cuarto de mis padres. Para variar una pareja, en la que se encontraba Tania, estaba en lo suyo, acostada en la alfombra al lado de la cama, ocultándose de mí, pues yo estaba al otro lado, en un sillón. Por su puesto yo estaba al tanto de la situación, sin embargo, a excepción de algunas insinuaciones, siempre fingíamos no saber nada.
Aquella noche, no tengo idea de donde estaban mis padres, estaba en las piernas de Caro, que era aproximadamente 8 años mayor que yo. Todavía no me lo explico, no sé si ella (Caro) se dejó llevar, si aprovechó el momento, el punto es que mientras escuchábamos a los otros y sus quehaceres, ella se acercó a mi, y me besó. Yo, no sé como, respondí, digamos de forma adecuada... Me besó de tal forma (incluida lengua), con tal pasión, que no lo he podido olvidar.
Yo tenía 8 años, si no es menos. Si mal no recuerdo, no había besado a nadie antes. No es muy difícil imaginarse el descubrimiento que pasaba por mis labios, era un mundo de sensaciones nuevas y placenteras (Como la canción de este post).
No recuerdo como terminó, y no me interesa recordarlo.
jueves, 24 de abril de 2008
La peor pesadilla
Mi papá es de Sangolquí - Ecuador. Cuando era niño mis tíos se reunían los Sábados en la casa de mis abuelos. La entrada era un saguán largo y estrecho, encima de la puerta de entrada había un cuadro, creo que era un sagrado corazón de Jesús. Con mi primo Franklin solíamos jugar fútbol ahí.
Una noche nos quedamos a dormir, y jugando le di un balonazo al cuadro, se cayó, pero no se rompió. Lo primero que pensé fue "pídele perdón al cuadro", o a lo que representaba el cuadro. Pero no lo hice. Esa noche tuve la peor pesadilla de mi vida.
Soñé que mi papá era un monstruo. Él era el mismo, pero tenía los ojos como dos luces rojas, siniestras, me perseguía por la calle, yo corría, estaba lleno de pánico, no sabía que ocurriría si me alcanzaba, pero no debía suceder.
Después, no se muy bien como ocurrió, pero mi papá volvió en si, ya no era el monstruo, así que corrí a sus brazos, y cuando lo abracé, cuando creía que todo estaba bien de nuevo, sus ojos se encendieron y me desperté.
Era un mar de lágrimas, estaba aterrorizado, mi primo, con quien estaba durmiendo, intentaba calmarme, y convencerme de que los sueños no se repetían, pero no quería dormir de nuevo, tenía demasiado miedo. Pasaron algunas horas, y cansado logre conciliar el sueño. El siguiente día volvimos a jugar fútbol, y de nuevo le di al cuadro, de nuevo cayo, de nuevo pensé "pídele perdón al cuadro", pero esta vez, caí de rodillas, llore y rogué por perdón. Esa noche no soñé.
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