domingo 17 de mayo de 2009

La carta

El motivo del blog dice "Iluminando sombras", así que aquí va una...

Estoy consciente de que algo hice mal en la escuela, simplemente no me adapté. Los niños son crueles, pero no creo que todo haya sido culpa suya. Yo también tuve que haberme equivocado, recuerdo que intentaba pasar desapercibido, pero simplemente no podía. No pude evitarlo, y por esto la mayoría de mis recuerdos de la escuela son amargos, unos bastante más que otros.
Alguna vez, seguramente cuando tenía 8 años o algo así, no recuerdo si era San Valentín o Navidad, tuvimos que hacer unas cartas nosotros mismos para entregar a las personas que considerábamos especiales. Alguno de ustedes, si no todos, ya sabrán el final de la historia sólo con leer lo anterior. No puede ser más obvio y trillado, nadie me daba ninguna carta. Recuerdo el nudo en la garganta, la desesperación, y el tablero de mi pupitre. Simplemente no podía alzar la mirada, algo me apretaba el pecho. Pasaban los minutos y sólo escuchaba al resto de la clase conversando y riendo. De pronto sentí la mirada de alguien, su nombre, Melissa Cármenes. Dándose cuenta ella de lo que pasaba con rapidez e intentando ocultarlo hizo una carta al apuro, y me la dió. No pude articular ninguna palabra, lo único que hubiese podido sacar eran sollozos. Hasta el día de hoy recuerdo su rostro...

PD: No, no saqué la historia de Los Simpson...

sábado 25 de abril de 2009

Acuarelas

Tuve el atrevimiento de ponerle el título, si la autora quiere modificarlo estoy a sus órdenes. Disculpa por la tardanza Caro y dios te pague también...

Recuerdo tan claramente la entrada al jardín de infantes... se entraba por un garage lleno de cesped. Claro que había que bajar despacio, si corrías se te mojaban las medias y los zapatos por la lluvia de la noche anterior sobre el cesped...
El salón era grande, bueno, a esa edad, apenas 4 años, muchas cosas parecían más grandes de lo que en realidad son... Teniamos mesas redondas de distintos colores y un estante en la parte de atrás del salón para poner las loncheras y coger los mandiles.
Una de las preocupaciones más importantes durante la jornada, era el salir rápidamente al patio a la hora del recreo... había apenas dos carros plásticos donde podíamos subirnos y andar por todo el patio y un columpio enorme con la forma de Abelardo o Montoya de Plaza Sésamo. Cuando ya se acercaba la hora del recreo hacíamos los pactos previos, "yo cojo el carro, tu el Montoya y luego nos cambiamos".
Recuerdo claramente que uno de los días más importantes para mi, fue cuando mi profesora me pidió que lleve las tarrinas de agua para las acuarelas y vaya al baño a cambiar el agua que ya estaba negra de tanto limpiar los pinceles.
Me sentía importante, y pesaba sobre mi una gran responsabilidad, llevar agua limpia para que todos pudiésemos seguir pintando...Nunca creo haberme sentido tan feliz como ese dia, no había otra cosa en la cual pudiera pensar... fue lo primero que le conté a mi mami cuando me fue a recoger "Fui la asistente de la profe ahora!! tuve que ir a cambiar el agua de las acuarelas, y no se me regó mucho!!". Es increíble cuanto puede alegrar una pequeña tarea, a una niña de 4 años...

Caro

viernes 27 de febrero de 2009

La última vez que te vi

Lamento mucho la demora, mi descuido, gracias Mauricio por dejarme publicar esto... Un abrazo...

Hasta el día de hoy, las imágenes que me sucedieron aquel día me parecen parte de la peor de las pesadillas. En el fondo de una oscura y deprimente sala, yacía un féretro color gris con incrustaciones plateadas, mismo que observé ininterrumpidamente durante horas. Mi mente adormecida, no era capaz de comprender en la totalidad lo que sucedía, supongo que en el agua que había tomado antes de salir de casa mi madre debió verter alguna clase de calmante. No tengo idea de cuantas personas se acercaron a expresar su "pésame", únicamente tengo presentes las palabras de mis hermanos: "No llores, no ves que el hijo de un comunista no debe llorar?", mismas que repetían cada vez que de mis ojos querían brotar lágrimas. Por una extraña razón, mis hermanos se habían propuesto que no debíamos llorar, ni ver su cuerpo; supongo que por no mostrar "debilidad", y digo habían, porque a mi nunca se me preguntó nada, o al menos no lo recuerdo.

Las horas pasaban, y cumpliendo con la estúpida costumbre de "velar" una noche entera, nos quedamos prácticamente solos mi madre, mis hermanos y yo, en esa sala fría. Sin salir del shock y la mezcla de sentimientos indescriptible del momento, lo único que deseaba era comprobar que en realidad estaba él en ese ataúd; no poseo una razón precisa para desear eso, pero necesitaba hacerlo. No tengo precisa la hora, pero espere hasta que mis hermanos cayesen dormidos, mi madre me abrazaba fuertemente, y pensando que ella también dormía, suavemente intenté salirme de entre sus brazos; a lo que ella leyendo mi mente, me miró tiernamente y me dijo "quieres verlo verdad?". No respondí absolutamente nada, porque sabía que sí lo hacía no podría contener todo el llanto en mi interior.

En absoluto silencio, mientras mis hermanos dormían el que supongo debió ser su más tormentoso sueño, mi madre y yo nos acercamos al féretro, retirando cuidadosamente la bandera del PCMLE que lo cubría y abriendo seguidamente la tapa.

Esa fue la última vez que vi a mi padre, recuerdo que un par de lágrimas mías cayeron sobre el cristal; desde entonces, no he llorado jamás en público.

* * *

Mauricio

domingo 28 de diciembre de 2008

El Amigo Imaginario

Aporte de Kri Kri, gracias hermano...

Para empezar a hablar sobre el amigo imaginario pues debo aclarar algo soy hijo único.

Durante los primeros años de estar en este mundo no sabes lo que significa la sociabilización de cuan importante puede llegar a ser, pero luego una vez que empiezas a crecer a pensar a "relacionarte" con otros, te fijas que para el ser humano es muy importante estar con personas que compartan cosas contigo, cuando eres niño por supuesto lo importante es jugar, a lo que sea pero jugar. Ahora viene lo complicado cuando empiezas a observar que en tu entorno cercano que no existe una persona con esas características alguien con quien compartir travesuras, o cuando en navidad te regalan un juego de raquetas de ping pong para dos o en el Nintendo te vienen dos controles o si necesitas algún cómplice para alguna travesura en casa, en ese momento, hablo personalmente, es cuando integre a mi vida a un amigo, totalmente incondicional, el que siempre podía jugar conmigo, al que le gustaban mis juegos, el que jamas me ganaba, el que hacia las travesuras en vez mía, el que se ideaba algo para estar entretenidos, pues un amigo que todos quisieran tener pero que solo existía para mi, el que fue creciendo junto conmigo, quien luego en mi adolescencia siguió siendo un gran amigo, solo que con una diferencia, empezó a crecer con un carácter diferente al mio mas sociable, mas arriesgado, mas descomplicado, se convirtió en lo opuesto a mi, como es esto, pues mientras yo no era exitoso con mis compañeras del colegio él si lo era, mientras yo no era seleccionado en fútbol, él si y no solo eso era el capitán y mejor jugador mientras yo no tocaba ningún instrumento musical el sí, entre otras cosas. Así pasaron los años, en conclusión llegue a definir que mi amigo imaginario era la imagen que me gustaría proyectar de mi mismo, y si se preguntan si aún vive en mi pues sí y creo que siempre lo hará, es mas actualmente el es completamente feliz ya que encontró el amor, mientras yo no puedo tener a la mujer que amo.

El arma mas fuerte del hombre es su imaginación, disfruten de ella que es lo mas privado que tenemos, al menos hasta que la tecnología de esta sociedad injusta invente algo para invadirla...

Al final aclaro algo, mi amigo imaginario no es como aquellos duendes de un capitulo del Chapulín colorado, jamas lo vi, siempre lo he imaginado.

Kri Kri

sábado 13 de diciembre de 2008

La sonrisa pícara

Aporte de Otaner. Dios le pague! Ja.

Con mi lonchera tomate sin dibujos ni calcomanías salía al recreo de jardín de infantes, dentro llevaba varias golosinas, ninguna tan importante como el paquete individual de galletas rellenas, las otras eran mías pero éstas estaban a punto de conocer a la dueña que las iba a saborear...

Una blusa blanca, un saco rojo amarrado por la cintura, y un cabello negro hecho cachitos recogidos con esas binchas de bolitas que parecían de cristal pasaban frente a mi con la sonrisa más dulce y tierna -que es posible que nunca vuelva a captar algo así- del pasillo, regresando a mirarme e invitándome a tomarla de la mano... María Fernanda, quien había robado mi corazón y unas cuantas risas de vergüenza también, era quien iba a portar mi dulce regalo en su recreo.

Bajamos las gradas, y mientras nadie nos viera era hermoso tomar su mano, pero cuando nos estaban viendo, sobre todo los niños, la audacia entró en acción y soltamos las manos cerca de mi espalda como si sólo estuviéramos agitando los brazos.

"Te traje galletas" le dije, y cuando me miró pensé recibir un "gracias", "que rico", "mis preferidas", cualquier palabra hubiera sido gratificante para mi en señal de corresponderme el presente que le traía y que me había robado de la alacena de la cocina de mi casa… lastimera sorpresa tuve cuando dijo "El Tito también me dio unas igualitas" y vi como guardaba el paquete en su lonchera rosada de Hello Kitty junto con otros dos paquetes similares, sin embargo el momento más hermoso de mis seis años estaba por comenzar cuando luego de sacar un jugo y cerrar su lonchera me dijo con sonrisa pícara "Las tuyas han de estar más ricas".

Otaner

martes 25 de noviembre de 2008

El viaje

Un viaje anónimo. Abrazos por donde estés, gracias.

Durante tres días mi madre y yo viajamos en diferentes buses desde Cali, Colombia, hasta Maracay, Venezuela. No son muchas las cosas que recuerdo, pero hay varios momentos que quedaron grabados para siempre en mi memoria. El primero de ellos es la salida de la terminal terrestre de Cali, a donde mi abuela y mi prima fueron a despedirnos. Ambas, cuando el bus arrancó, se ubicaron tras una pared de vidrio desde donde nos decían adiós con las manos. Mi prima lloraba. En los últimos años, ella se había encargado de cuidarme todos los días mientras mi madre trabajaba. Era la que me llevaba a la escuela y luego me recogía, además me ayudaba a hacer las tareas y se encargaba de que me acostara a la hora indicada. Mi abuela, por su parte, cocinaba y mantenía limpio el rancho de bahareque donde vivíamos los cuatro. Fue ella la que más motivó a mi madre para que emprendiera el viaje a Venezuela. El objetivo era que trabajara algunos años y reuniera el dinero suficiente para regresar y demoler el rancho y en su lugar levantar una casa de ladrillo. Años atrás mi madre había rechazado varias propuestas que le hicieron para ir a trabajar a los Estados Unidos, pero esta vez aceptó el viaje a Venezuela porque sí podía llevarme con ella. Íbamos a vivir en la casa de mi tía, la hermana mayor de mi madre, una mujer que desde su juventud se había ido del país junto con su esposo. Yo sólo comprendí la magnitud del viaje cuando observé, desde la ventanilla del bus, cómo mi prima lloraba tras aquella pared de vidrio mientras nos decía adiós con la mano.

Cuando desperté me puse a llorar porque descubrí que mi madre me había abandonado en aquel bus. No tenía ni idea del lugar en que ella se había bajado, ni siquiera sabía qué territorios oscuros eran los que veía por la ventanilla, esas ráfagas de sombras que pasaban veloces. Lloraba sin saber qué hacer, quería regresar a mi casa. Lo único que se me ocurrió fue ir a la cabina a pedirle ayuda al conductor. Toqué con desespero la pequeña puerta de acceso. Entonces mi madre me abrió. Estaba ahí porque en ese lugar le permitieron fumar el cigarrillo que necesitaba desde hace rato para convertir en humo el dolor de haber dejado atrás a mi abuela y a mi prima. Ambos nos abrazamos, yo dejé de llorar, ella no.

De una manera borrosa recuerdo los hoteles de Bogotá y de Cúcuta, a donde sólo ingresamos a bañarnos y a cambiarnos de ropa para salir de inmediato hacia la terminal a abordar otros buses. Pero lo que sí tengo muy presente, aunque no sé en qué trayecto ocurrió, fue el trivial accidente que dejó ciego a un anciano. Sólo nos dimos cuenta de lo que había ocurrido cuando la Policía detuvo el bus en un pequeño pueblo. Uno de los uniformados se subió y preguntó en voz alta que quién fue el que unos kilómetros atrás arrojó una botella de Coca-cola por la ventanilla. Una niña que viajaba con sus padres levantó la mano con una gran sonrisa de felicidad, como si estuviera a punto de responderle a su profesor la pregunta más difícil de la clase. El uniformado le ordenó a toda la familia que bajara del bus y sacara las maletas. Algunos pasajeros y el conductor también bajaron a enterarse de lo que ocurría. Luego subieron y nos contaron todo. La familia iba a ir a la cárcel porque la botella que lanzó la niña quebró el parabrisas de un carro que pasaba en ese momento al lado del bus. Las esquirlas de vidrio habían desgarrado los ojos del anciano que conducía.

No tengo más recuerdos de aquel viaje. Los miles de kilómetros que recorrimos en aquellos tres días me parecen hoy como un inmenso túnel oscuro que me transportó a otro mundo. A los pocos días de haber llegado a Maracay yo era un niño feliz que estaba bajo el cuidado de mi tía. Durante los tres años que viví en esta ciudad nunca extrañé a mi prima ni a mi abuela. En cambio mi madre, que se pasaba todo el día trabajando como cuando estábamos en Cali, lloraba cada vez que las llamaba por teléfono.

Anónimo

domingo 19 de octubre de 2008

Un poco de veneno

Hoy, este instante me siento, disculpa por el plagio, un poco apestado, y es que, como comenté en este blog apestoso, las veces en que me siento resentido contra el mundo, de las que finjo reírme, son más frecuentes de las que quiero admitir.

Hoy soy peor que de costumbre, aun más pequeño, no quiero ver el sol, no quiero que el planeta gire, ni que las aves vuelen, quiero que las estrellas se apaguen, que inicie la tercera guerra mundial, que el agua y los bosques se acaben, que las flores marchiten... Por ahí me escucho: "cuidado con lo que pides", hoy no importa.

¿Cómo no preguntarme que mierda anda mal conmigo? ¿De donde saco este condicionamiento? Sé bien lo que es, sé bien lo que siento, ésta angustia rastrera y miserable, de no poder ver lo afortunado que soy, de estar ciego, de necesitar que en una carta me digan que todo va a estar bien, que hay un camino que tengo que recorrer.

Y no estoy solo, tengo razones de sobra para seguir, que esperan para abrazarme, y así no tenga, o no quiera, igual tengo que seguir. Todo esto que me ampara, no es que hoy no importe, pido disculpas por eso. Aunque en mi mente egoísta crea que no podría ser peor, sé que de verdad lo sería sin su presencia.

Así que razón suficiente para buscar dentro de mi cosas que debo escribir. Me siento un poco mejor, como cuando intoxicado vomito para recuperarme... para luego intoxicarme más, ja...